El pasillo del ala privada del Hospital Universitario de Seúl estaba impregnado de un silencio gélido, roto únicamente por el parpadeo intermitente de las luces fluorescentes. Min-jun corría con el corazón en la garganta, con los ojos anegados en lágrimas y la desesperación pintada en el rostro. Sabía que su abuelo, el patriarca del poderoso conglomerado industrial de la familia Kang, se encontraba en sus últimos momentos de vida. Necesitaba llegar a su habitación antes de que fuera demasiado tarde.
Sin embargo, antes de que pudiera cruzar el umbral, una figura imponente se interpuso en su camino de manera violenta. Era su tío, Tae-min, un hombre consumido por la avaricia y aterrado ante la posibilidad de que el anciano cambiara su testamento a última hora. Sin mediar palabra ni vacilar un solo segundo, Tae-min levantó la mano con toda su fuerza y le propinó una bofetada brutal a Min-jun. El impacto resonó con violencia por todo el pasillo, haciendo que la joven perdiera el equilibrio, tambaleara y cayera de rodillas contra el frío suelo de baldosas, mientras una marca roja encendía su mejilla.
Tae-min se cernió sobre ella con una sonrisa torcida de desprecio absoluto y exclamó:
—¡No vuelvas a acercarte a mi padre! Este imperio ya es mío, y una cualquiera como tú no va a arruinarlo ahora.
Con los ojos inundados de lágrimas y la mejilla ardiendo por el golpe, Min-jun se incorporó lentamente, conteniendo el dolor físico y emocional. Miró fijamente a su tío a los ojos con una mezcla de desafío y profunda tristeza.
—Déjame pasar… él pidió verme… antes de morir —respondió Min-jun con voz quebrada pero firme.
El Giro Inesperado y la Sombra de la Traición
Tae-min soltó una carcajada cínica, dispuesto a empujarla nuevamente para bloquearle el paso. Pero en ese preciso instante, un leve crujido rompió la tensión del ambiente.
La pesada puerta de madera de la habitación principal se abrió lentamente. Para horror absoluto de Tae-min, el anciano abuelo, a quien todos daban por inconsciente y al borde del coma, salió al pasillo apoyándose con firmeza en su bastón de caoba. Su mirada, afilada como el acero, recorrió la escena y se detuvo en la mejilla enrojecida de su nieta antes de clavarse en el rostro aterrorizado de su hijo.
El color abandonó por completo el rostro de Tae-min; sus piernas flaquearon y quedó completamente inmóvil, paralizado por el pánico.
El abuelo levantó lentamente la barbilla y preguntó con una voz ronca pero gélida que hizo temblor las paredes del pasillo:
—¿Tú… le pegaste a mi nieta?
Tae-min abrió la boca, intentando articular una excusa, un balbuceo desesperado que justificara su brutalidad, pero las palabras murieron en su garganta ante la mirada implacable del patriarca.
Con un movimiento lento pero autoritario, el abuelo levantó su bastón y señaló directamente el pecho de su hijo. El sonido de la madera apuntando hacia él fue como una sentencia de muerte para las ambiciones de Tae-min, quien dio un paso atrás, pálido y sudoroso.
—Entonces… queda dicho —sentenció el abuelo con absoluta frialdad—. Quedas completamente desheredado. Ni un solo won de mi fortuna será para ti.
Tae-min quedó petrificado, mudo e incapaz de reaccionar, mientras el anciano ignoraba por completo a su hijo, extendía los brazos y abrazaba con ternura a Min-jun, cerrando la puerta de la habitación y dejando atrás un imperio de codicia derrumbado en cuestión de segundos.